La novela: El callejón de las almas perdidas de William Lindsay Gresham
Cuenta la introducción de la edición que he leído de la novela (Sajalín editores, 2022) que, cuando el escritor William Lindsay Gresham se encontraba en 1936 sirviendo como voluntario en las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil española, escuchó a un compañero americano hablar sobre el geek, una atracción común de las ferias de monstruos y circos ambulantes (se trataba de un supuesto hombre-monstruo, que arrancaba la cabeza a gallinas o sorbía sangre de rata emitiendo sonidos bestiales) y que, según ese compañero, no era, invariablemente, más que un alcohólico o un drogadicto, empujado a ese degradante papel por las circunstancias, el síndrome de abstinencia y por los desalmados dueños de los espectáculos.
El libro, inspirado por esta semilla, gira en torno a Stanton Stan Carlisle, un mago de feria con talento para la lectura en frío (y según algunas fuentes esta novela es el primer uso de dicha expresión en la lengua inglesa impresa), que utiliza sus habilidades para convertirse en un exitoso predicador espiritista, pasando del entretenimiento a la estafa. Por el camino conoce, y se aprovecha, de unas antiguas estrellas del mentalismo venidas a menos, la pitonisa Zeena y su alcohólico marido Pete, y de Molly Cahill, una bailarina y chica eléctrica, que transforma en su médium. Sin embargo, termina encontrando la horma de su zapato en la psicóloga Lilith Ritter y su meteórico ascenso es revertido llegando al final más degradado posible.
La narración se abre con una visión caleidoscópica del entorno de las ferias ambulantes y tarda un rato en centrarse en los protagonistas, dejando vagar un poco la mirada por el escenario y sus habitantes. El paisanaje de la feria incluye personajes que no aparecen en ninguna de las dos versiones cinematográficas; que en ambas son simplificados, aglutinados en personajes diferentes o directamente abandonados. Algunos desarrollos, como la cruel personalidad del Comandante Mosquito (la adjudicación de rangos militares imaginarios a las personas con enanismo era un clásico ya utilizado por P. T. Barnum para promocional al General Tom Thumb), parecen meras digresiones y no aparecen lo bastante desarrollados en la obra, sirviendo simplemente como una nota de extrañeza o curiosidad.
Lo primero que llama la atención de la estructura del libro es el papel del tarot, no tanto en la narrativa (aunque aparece) como en la misma estructura del relato, con cada capítulo nombrado por uno de los grandes arcanos de la baraja adivinatoria. La relación entre la carta y el contenido del capítulo, a veces muy clara y a veces más indirecta, ofrece cierto carácter premonitorio a lo que va contando, pero también predispone a la mente para encontrar esos paralelismos que quizás no existan (exactamente igual que los métodos de los mentalistas)
También hay un peso muy importante de la teoría psicoanalítica freudiana y jungiana (donde la conexión con el tarot es más directa). Al mismo tiempo que los mecanismos psíquicos caen en dichos esquemas una y otra vez, la figura del analista se confunde con la del charlatán. Es como si al mismo tiempo defendiera la veracidad de sus conclusiones y la inmoralidad de su práctica. Se puede decir que lo mismo se perfila sobre el espiritualismo, el tarot o la religión tradicional: para el autor, aunque el método sea una estafa, sus practicantes farsantes y sus métodos perversos, todos esos caminos pueden llegar (quizás por accidente) a conclusiones ciertas. Por otro lado esta versión se centra mucho más que las demás en los mecanismos concretos del engaño espiritista del protagonista. Este se aproxima más a los perfiles reales del espiritismo histórico y muestra también conexiones con la teosofía y otras corrientes del ocultismo contemporáneas al autor.
Si algo diferencia a esta versión frente a las siguientes es una fuerte carga sexual escasamente sublimada, comprensible desde esa visión psicoanalítica del impulso erótico. El pecado original de Stanton Carlisle no es aquí un parricidio (como en la versión de Del Toro) si no un complejo de Edipo clásico. De la misma manera las intenciones del empresario Ezra Grindle son mucho más carnales de lo que ninguna de las adaptaciones se decide a mostrar. Es muy posible que el pasado de Gresham como editor de revistas de true crime le ayudo a dotar de credibilidad a unos personajes y unas situaciones que rozan lo rocambolesco y lo imposible, como también su propio alcoholismo pesa sobre toda la trama.
Puntuación: 8/10
La versión de Edmund Goulding: El callejón de las almas perdidas (1947)
Al parecer fue el mismo Tyrone Power, cansado de sus encasillamiento en papeles de galán y héroe de acción (especialmente recordado por su versión de El Zorro), quien se empeñó en que la novela fuera llevada al cine, interpretando un papel más oscuro de los que nos tiene habituados a los aficionados al cine clásico.
En realidad, cuentan que el todopoderoso productor Darryl F. Zanuck se resistía a dejar al actor interpretar este papel, por miedo a que este manchara a una de sus estrellas más rentables. Sin embargo la presencia de Power garantizó que la película se rodara no como un film de serie B sino como una verdadera producción de estudio, lo que se traduce en unos valores de producción indiscutibles, incluyendo la convincente recreación del circo y unos escenarios de gran elegancia.
El elegido finalmente, tras algunas vacilaciones, para dirigir fue el veterano británico Edmund Goulding que, tan solo un año antes, había dirigido ya a Power en otra película con carga filosófica y origen literario: la adaptación de El filo de la navaja (1946) de Somerset Maugham que había representado, además, el retorno de Power al cine, tras su servicio militar en la Segunda Guerra Mundial.
El encargado de la escritura fue Jules Furthman, responsable de los libretos para algunos grandes clásicos (ya visitados en el blog) como, por poner sólo un par de ejemplos, El expreso de Shanghái (1932) o Solo los ángeles tienen alas (1939). Considerado uno de los mejores guionistas de su generación comenzó ya en el cine mudo y continúo hasta los 50, siendo su último trabajo su participación en el guion de la grandísima Rio Bravo (Howard Hawks, 1959).
Power es un protagonista más activo y más fuerte que el Stanton literario, también más maduro, ya que este, en el libro, comienza siendo apenas un veinteañero que nunca parece alcanzar una madurez emocional plena mientras que el actor tiene ya 33 años cuando interpreta el papel. Gracias a su puro carisma resulta más simpático, al menos en principio, que su homólogo literario. Incluso su destino parece un ápice menos trágico, con un final muy levemente esperanzador, aunque sea en el último minuto.
Junto a Power un plantel dominado por los papeles femeninos, en los que puede intuirse esa lectura edípica original, de Joan Blondell como Zeena, Coleen Gray como Molly y Helen Walker como Lilith Ritter. Este trío femenino, que cobra importancia como tres arquetipos de lo femenino en la ficción (la amante/madre, la amante/inocente y la amante/mujer fatal), delimita con el equilibrio cambiante de las relaciones con Stanton el argumento, de forma más notoria que en la novela. Cada una domina una parte de la cinta, mientras el personaje masculino navega entre ellas.
La tensión sexual queda sublimada, reducida su representación en pantalla a los tropos románticos como era inevitable dentro de las limitaciones del código Hays, aunque resulta interesante ver como fuerza al máximo sus límites. Las miradas apasionadas (especialmente las muy elocuentes de una magnífica Joan Blondell), las insinuaciones y dobles sentidos y algunos besos sustituyen la aproximación más directa, y sin tapujos, de Gresham. La ambición y la codicia se convierten en los pecados capitales de esta versión, en mayor medida que el sexo.
Con buena mano, y para ayudar a mantener el ritmo de la historia, la película acorta mucho la atapa como gurú/reverendo de Stanton, y reduce mucho los detalles técnicos de su engaño (quizás para evitar críticas o denuncias por parte de espiritualistas reales u organizaciones religiosas). Tampoco vemos demasiado al geek, ni su comportamiento, quizás por necesidades de la censura (era un espectáculo que ya era mal visto entre los mismos feriantes y, en algunos condados, considerado ilegal por su truculencia), quizás por cierta sensibilidad para proteger su dignidad.
Lamentablemente esta película, aunque con buenas críticas, fue un relativo fracaso de taquilla y Zanuck, aparentemente legitimado por el fracaso, decidió retirarla rápidamente de los cines. Tardaría décadas en ser, finalmente, reconocida como una joya (si bien extraña) del cine negro y yo personalmente no puedo más que recomendarla con entusiasmo.
Puntuación: 8/10
La versión de Guillermo Del Toro: El callejón de las almas perdidas (2021)
Algo parecido puede decirse de la ambientación en los años 30 y primeros 40. La necesidad de hacerla presente y real, hace que quizás se vea puntualmente exagerada y que, a veces, la narración parezca sentir la necesidad de recalcar esa asociación a un tiempo concreto (como las referencias históricas a los principios de la Segunda Guerra Mundial que salpican diálogos y los fondos de muchas escenas). Sin embargo, el efecto visual es tan apabullante, tan hermoso, que personalmente por lo menos, puedo olvidar cualquier distancia. El uso del color, dividido entre las gamas cálidas del dorado y los tonos fríos del verde (con el blanco y el negro como elementos separadores) establece un curioso diálogo entre el deseo y la muerte, en que ambas tonalidades llegan a alcanzar valores ambivalentes, separados por manchas de blanco y negro. Por ejemplo, la escena en que Stan, tras atravesar un pasillo en que alternan ambas tonalidades, llega al despacho de la psicóloga Lilith, dominado por el dorado y el marrón de la madera, bajo la luz naranja del atardecer, y como va derivando hacia los tonos verdosos y fríos según cae la noche y según las mentiras de ambos se derrumban, desvelando verdades crueles y envenenadas.
Este nuevo Stanton Carlisle (Bradley Cooper) cuenta con una breve introducción, de la que carece su homólogo literario y el interpretado por Power, que le hace llegar al circo como un extraño, utilizándolo así como punto de vista, para que el espectador entre en ese mundo. Pero tardamos mucho, demasiado, tiempo en sentirnos cómodos con él como foco de la historia y en penetrar, aunque sea ligeramente, en sus motivaciones y deseos. También es un poco mayor para el papel, lo que hace un poco más desconcertante las escenas iniciales, especialmente, donde su juventud se da por supuesta. Más notoria es la edad en el caso de Ron Perlman, que hace apenas un cameo y que a sus 72 años (por muy bien llevados que estén) no parece la amenaza física que requería el papel.
El triunvirato femenino se encarna en este caso en Toni Collette como Zeena Krumbein, Rooney Mara como "Molly" Cahill y Cate Blanchett como Lilith Ritter, manteniendo básicamente el esquema de relaciones de la versión del 47. El cuadro edípico, de las mujeres deseadas como sustituto de la madre ausente, se completa con una serie de figuras paternas que son sucesivamente "asesinadas", al menos simbólicamente, por Stan (o al contrario sirven para destruirle), entre ellas podemos destacar el breve pero importante papel de David Strathairn como el alcoholizado Pete Krumbein, que trasmite humanidad y vulnerabilidad con muy pocas escenas.
Del Toro no puede evitar introducir sus propias gotas de romanticismo en la mezcla, ya insinuadas en la versión del 47, incluyendo una vena artística en el personaje de Cooper (que dibuja con talento innegable) de la que no hay rastro en otras encarnaciones. También intenta profundizar en el papel de Molly (aunque obviando mayormente el complejo de Electra, descrito en el libro) y, especialmente, en el de la doctora Ritter que se convierte para mi en el personaje más interesante, y misterioso, de esta versión y en torno al que giran las escenas mejor resueltas. Mientras que en la novela Ritter es vista únicamente desde fuera (con una mínima referencia a su pasado o sus sentimientos) la actuación de Blanchett y el guion de Del Toro/Morgan crean un personaje lleno de secretos que solo se desvelan en parte, pero que resulta fascinante en todo momento.
Algunas reseñas y espectadores parecen decepcionados de que Guillermo del Toro haya optado por una historia realista, sin elementos fantásticos evidentes (aunque cierta proximidad a los entornos del fantástico es innegable); personalmente creo que la existencia de films puros de género (sea género negro, piratas, aventuras... sin elementos fantásticos) es algo que en gran parte hemos perdido en esta época de la cultura pop y la mezcolanza a ultranza, y agradezco este esfuerzo del director por crear algo así.
Magnífica película, grandes actuaciones y visualmente bellísima, su único problema es que la distancia temporal, mental y emocional con los personajes y su mundo, con lo que cuenta, quizás resulte un poco fría para el espectador casual. Ahora solo me queda la curiosidad de ver la versión alternativa en blanco y negro de la película y ver como ese diálogo cromático se mantiene, o se diluye, solo en el lenguaje de luces y sombras.
Puntuacion: 8/10
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