viernes, 4 de abril de 2008

Lugar misterioso: Opar

En el corazón del Congo existe la leyenda de una ciudad antiquísima, llamada Opar. Según estas historias esta fue antaño una colonia atlante, que quedó aislada de su madre patria hace muchos siglos, a su propia suerte en el interior del continente africano. Como habría llegado a establecerse una colonia Atlante en un lugar tan remoto a llevado a muchos a suponer una conexión con la mucho menos conocida tierra de Khokarsa, un imperio marítimo prehistórico del que hablaremos en posteriores entregas. Otras han señalado la similitud del nombre con el igualmente legendario Ophir, que aparece brevemente en un episodio bíblico. Un autor al menos he hecho una firme defensa de que Opar en realidad se trataría de una colonia cretense.

Sin poder creer totalmente estas leyendas lo cierto es que en una amplia región ocasionalmente se han encontrado extraños restos arqueológicos; que parecen corresponderse con una cultura similar en cuanto a tecnología al Egipto de los faraones, en una época muy lejana del pasado. Los pocos que afirman haber visto la ciudad corroboran que se trata de un monumento completamente distinto a cualquier otra ruina antigua africana. Las leyendas que hablan sobre esta ciudad maldita, y sus habitantes bestiales que ocasionalmente salen para cazar víctimas para sus sacrificios, se ha extendido por buena parte del centro de África, lo que hace muy difícil aventurar su posición exacta. La sorprendente coherencia de los testimonios, separados en el tiempo y en el espacio, pueden ayudarnos a discernir la verdad.

Según cuentan estos escasos testigos y la sabiduría popular, aunque la ciudad ha sido asaltada por la incansable selva aún muchas de sus estructuras siguen en pie, una muralla aparentemente inexpugnable rodea aún sus edificios algunos de los cuales aún se alzan, con sus torres y cúpulas, por encima de los árboles. El mayor de los edificios conservados es el llamado en las hstorias Templo del Sol, rematado con una figura de un ave gigantesca y decorado con tablillas dorados cubiertas de jeroglificos que nadie ha sido capaz de interpretar aún, aunque según al menos un testigo guardan cierto parecido con la escritura Tifinagh del norte de África. El interior está dividido en varias cámaras y habitaciones de tamaño variable que parecen seguir una distribución radial. Al fondo del edificio existe una sala llamada la Cámara de los Muertos, donde se cree que los espectros de los muertos realizan sus propias ceremonias y sacrificios. De esta sala saldría un pasillo secreto que conduce hacia los sótanos, donde se encuentra la Cámara del Tesoro, llena hasta el techo de lingotes de oro, y la Cámara de los Joyas, con gemas en bruto y talladas en cantidades ingentes.

La población opariana presenta un visible dimorfismo sexual, los varones son simiescos, con colmillos prominentes y rostros deformes mientras que las mujeres son más ligeras, proporcionadas y hermosas. Se cree que estas características pueden derivar del cruce con alguna variedad menos desarrollada de homínido presente en la jungla y hoy posiblemente desaparecidos. Practican la exposición de los niños de ambos sexos que difieren de estos caracteres ideales, es decir las niñas con rasgos simiescos y los niños demasiado humanos son dejados a la intemperie para morir. Su número es muy escaso, no más de cuatrocientos o quinientos adultos, y en franco descenso. Los habitantes de Opar no utilizan flechas se cree que por motivos religiosos y no por ninguna incapacidad biológica. Son gobernados por una linea de sacerdotisas, aunque según algunas leyendas en realidad se trata de una única mujer inmortal, llamadas siempre La.

Adoran a una única divinidad, el Dios Llameante, de forma sangrienta, ofreciendo sacrificios humanos en la cámara central del Templo del Sol. Según la descripción del ritual que aparece en la obra de Sir Wade Jermyn, Observaciones de las diversas partes de África, la víctima es atada, viva y consciente, a un altar situado bajo una estrecha apertura en el alto techo, cuando el sol atraviesa esta ranura, de forma que sus rayos incidan en el pecho del sacrificio la sacerdotisa de turno clava en ese punto un puñal de obsidiana. A continuación los hombres y mujeres de la ciudad, con copas de oro, beben la sangre que escapa de la herida y corre por una serie de acanaladuras talladas para este fin en el altar.

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