Cosas para ver: Filmografía pulp (parte 11ª)

Sigo añadiendo películas que, desde mi punto de vista, resultan interesantes para el narrador interesado en cualquiera de las múltiples variedades del pulp, con ejemplos de terror, género, negro y aventuras (principalmente) así como alguna comedia, algún musical y, de vez en cuando, rarezas difíciles de clasificar. 

Los criterios de inclusión, tengo que admitirlo son difusos, algunas lo hacen por su ambientación o rodaje en la época dorada de los pulps, otros por elementos argumentales o formales que de una manera u otra me resultan inspiradores... y a veces es la casualidad (un descubrimiento o una revisión reciente) la que hace que cierta película entre en la lista o no. 

La calidad no es siempre el criterio principal, aunque en general intento no poner películas que considero insalvablemente malas y, a veces, algunos clásicos indiscutibles  se han quedado injustamente olvidados o dejados de lado por obvios (¡y es que en el listado donde voy apuntando todas las que podrían tener un pase llevo 321 películas  y ¡seguro que me faltan muchas!). 

Y aclarados estos puntos, ¡vamos con la 11ª entrega! (si te interesan las anteriores aquí puedes verlas

4 hombres y una plegaria
(Four Men and a Prayer, 1938, John Ford)


Uno de los maestros de maestros firma un film de aventuras menor y que, en principio, parece muy poco a tono de sus sensibilidades. Pero lo cierto es que Ford nos ha dejado unas cuantas aventuras coloniales como esta que nos ocupa, Shari, la hechicera (1929, Black Watch) o La patrulla perdida (1934, Lost Patrol). Aunque ninguna de ellas se cuenta entre sus mejores obras (quizás siendo la mejor de las tres la Patrulla perdida, con la interpretación de Boris Karloff como punto a destacar) son películas más que correctas.

En este caso la historia sigue a los cuatro hermanos Leigh que se lanzan a una aventura internacional para descubrir las siniestras maquinaciones que llevaron a su padre, un oficial británico en la India, a una expulsión deshonrosa y, aparentemente al menos, al suicidio. Los hermanos son interpretados por los británicos Charles Sanders, David Niven y Richard Greene, junto con el americano William Henry, como el hermano más joven. En el breve papel del patriarca Leigh tenemos al arquetípico C. Aubrey Smith, mientras que Loretta Young interpreta a Lynn Cherrington, una despreocupada heredera americana e interés romántico, que termina estando más implicada en la trama de lo que ella misma pensaba. En el lado de los villanos (una empresa armamentística) y secundarios podemos mencionar al gran actor de carácter Alan Hale (rostro constante en el cine de la época desde Robin Hood a Sucedió una noche) o  John Carradine, un habitual del cine de Ford, en papel de villano hispano (en uno de los muchos papeles étnicos de su carrera).

Los personajes principales parecen un poco acartonados, con excepción quizás de Young, y los cuatro varones representan un tópico de jóvenes británicos de buena familia (un abogado, un piloto militar, un diplomático y un estudiante en Oxbridge) que, particularmente, me parece poco atractivo y a los que ni Ford ni los actores consiguen dotar de vida. Además las personalidades de los cuatro hermanos no siempre consiguen diferenciarse entre si y, en demasiados momentos de la trama, uno o más de ellos (especialmente William Henry) parece actuar solo como comparsa, sin nada particular que hacer  en la escena.


Pese a estas debilidades Ford sorprende con algunas secuencias muy por encima del nivel general del film. Especialmente la escena en que la señorita Cherrington (Young), que hasta el momento principalmente "pasándoselo bien", es testigo de la celada tendida a un grupo de revolucionarios en un país latinoamericano, no nombrado, merece una atención especial. La presentación del grupo en un almacé, entre las sombras, donde esperan la llegada de unas armas que finalmente resultaran estar saboteadas  y por tanto inútiles, con especial atención a las mujeres del grupo y una estética que recuerda a las imágenes de la (aún relativamente reciente) Revolución Mexicana y también un eco de algunas imágenes de nuestra guerra civil. La escena utiliza primero planos generales de los revolucionarios y luego, tras un primer plano del personaje de Young, planos más cortos de los rostros de esas mujeres, decididas, serias... preparadas para todo.

Y, casi a continuación, tras la ejecución ante el paredón del líder revolucionario general Torres (J. Edward Bromberg) la escena en que estos mismos revolucionarios, traicionados, se enfrentan al ejército oficial, casi más una ejecución que un combate. La forma en que Ford organiza a los revolucionarios en una escalera, formando una masa reconocible de rostros escalonados, y a sus enemigos en línea (casi como se tratara de nuevo de un pelotón de fusilamiento), en conjunción con un montaje preciso, lo transforma en una de las escenas más poderosas del film. La forma en que Young pasa, en dicha escena, de la despreocupación, casi infantil, al horror y la culpa rompe por un momento la distancia y la frialdad del argumento.. que luego retoma un camino menos interesante.

La preocupación en el periodo de entreguerras por los comerciantes enriquecidos en base al comercio de ilegal armas, y como estos podían llegar a provocar guerras solo por su interés comercial, es algo que sobrevuela parte de la ficción de los años 30. Los intentos, infructuosos en gran parte, de diversos estados y de la Sociedad de Naciones para intentar frenar esta comercio pueden ser un marco interesante para una campaña de rol pulp con objetivos, y enemigos, diferentes de los habituales. Figuras como el ya mencionado en este blog Basil Zaharoff o Prodromos Bodosakis-Athanasiades (que proporcionó armas ilegalmente a ambos bandos en la guerra civil española, pero asegurándose de que el suministro de las armas más modernas y efectivas favoreciera al bando Nacional)

Los espías
(Espione, 1928, Fritz Lang)

El nacimiento del género de espías, en su vertiente más pulp, en el cine tiene mucho que ver con esta película muda de 1928, en la que el director alemán Fritz Lang ofrece claves que comparte también con su serie centrada en el siniestro Dr. Mabuse (iniciada en 1922 con El doctor Mabuse y culminada, ya en el cine sonoro, en  1961 con Los crímenes del Doctor Mabuse, antes de dejar sus secuelas en manos de otros directores), tenemos el villano aparentemente invencible, al mando de una organización secreta de alcance indeterminado, al superagente dispuesto a derrotarlo y también la trama romántica que (de forma nada sorprendente) implica a la ayudante del villano. 

Nuestro protagonista, el agente 326, corre por las calles de la ciudad (sin nombre pero implícitamente Berlín) en la que transcurre la aventura. Lo vemos en un plano largo corriendo hacia la cámara, a la derecha en primer término hay un coche aparcado, también perpendicular a la cámara. En la pared del fondo, tras un farol, podemos observar carteles del circo, y también varios carteles repetidos de Metrópolis (película de Lang del año anterior, también con guion de von Harbou) Nuestro protagonista, el agente 326, corre por las calles de la ciudad (sin nombre pero implícitamente Berlín) en la que transcurre la aventura. Lo vemos en un plano largo corriendo hacia la cámara, a la derecha en primer término hay un coche aparcado, también perpendicular a la cámara. En la pared del fondo, tras un farol, podemos observar carteles del circo, y también varios carteles repetidos de Metrópolis (película de Lang del año anterior, también con guion de von Harbou)

En el caso de Los espías, el villano es Haghi (interpretado por Rudolf Klein-Rogge, quién también encarnaría al Mabuse original), un individuo que se oculta bajo la fachada respetable del dueño de un banco, pero que en secreto conspira para hacer caer a los gobiernos del mundo. Como héroe el agente nº326 (Willy Fritsch) es atractivo e innegablemente hábil pero bastante parco en rasgos personales. Y la sicaria enamorada es la refugiada rusa Sonya Baranilkowa (encarnada por Gerda Maurus). Las piezas están así situadas en el tablero para una confrontación en que lo más importante son las acciones, las escenas de persecución, de fugas, de trampas mortales que suceden, que el desarrollo de unos personajes más bien arquetípicos. El tratado con el gobierno japonés que se convierte en motor de la trama funciona como la haría el típico macguffin hitchcockiano, sin que su contenido tenga más importancia que el que todos desean hacerse con él. 

Las necesidades narrativas del cine mudo se ven acentuadas por el recurso a la acción y la elipsis, desde un principio que presenta una serie de viñetas casi inconexas, por ejemplo cuando la seducción de Sonya y nº326 se resume en un montaje de apenas unos segundos indicando el paso acelerado del tiempo, o la secuencia onírica en que el desgraciado embajador japonés Masimoto (Lupu Pick) se ve asediado por los fantasmas, literalmente, de su fracaso. Quizás también mencionar la magnífica escena final en que un Haghi, vestido de payaso, se ve asediado en el escenario por los agentes enemigos. 

Una escena simbólica en que el agente japonés, interpretado por el rumano Lupu Pick es interpelado por los fantasmas de los tres agentes asesinados por los villanos de la función, sirviendo como señuelos en un plan fracasado para llevar un imporante tratado de vuelta a Japón. Los tres aparecen de pie extendiendo hacia él los documentos lacarados y sellados, él (de pie pero un escalón más bajo que ellos) permanece con las manos pegadas al cuerpo, en torno a su cabeza los haces de una bandera imperial japonesa casi recuerdan a un halo.

Hay algo de no muy soterrado antisemitismo en el retrato de Haghi, que también recuerda en sus momentos a una caricatura del Lenin enfermo de sus últimos días, confinado en una silla de ruedas. La dualidad bolchevismo-sistema bancario como armas de una pretendida conspiración (judía) para acabar con Alemania es parte fundamental del pensamiento conspirativo alimentado por, y a su vez caldo de cultivo para, el nazismo (y recuerda mucho al verdadero discurso antisemita moderno). La relación de Lang, y su coguionista y por entonces esposa Thea von Harbou, con el nazismo es un tema complejo y difícil de abordar (el mismo Lang era de madre judía y abandonaría Alemania para hacer cine claramente anti-nazi en Hollywood pero von Harbou permanecería en Alemania y se afiliaría al partido), pero es innegable que el ambiente alimentaba parte de esta imaginería.

Más accesible que otros films mudos de Lang, más cercano al realismo formal y al cine negro que al simbolismo (excepto en toques puntuales), puede seguir siendo difícil de ver para gran parte del público actual poco acostumbrado al ritmo y modos del cine anterior al sonoro. En su carrera sonora Lang visitaría de nuevo el espionaje, ahora ya situado en unas claras coordenadas ideológicas anti-nazis, en otras películas muy recomendables, como El ministerio del miedo (Ministry of Fear, 1944), basada en la novela de Graham Greene del mismo título, o Clandestino y caballero (Cloak and Dagger, 1946).
 

Jívaro
(Jivaro, 1954, Edward Ludwig)

Es una película de serie B cuyo argumento suena mejor, para nuestros ámbitos de interés, de lo que luego resulta en pantalla; con elementos como una expedición en el Amazonas en busca de un tesoro perdido, en un lugar conocido como el Valle del Viento, siguiendo las pistas dejadas en un antiguo libro. Sin embargo, la habitual trama romántica, construida como viene siendo habitual sobre la geometría triangular (con varios triángulos amorosos superpuestos) ocupa la mayor parte del metraje dejando el tesoro, la expedición y la aventura en un segundo plano y constreñida básicamente a la última media hora de film. La dirección recae en el poco brillante, pero inmensamente prolífico, Edward Ludwig.

En cuanto a los actores Fernando Lamas (si, es el padre de Lorenzo) es un protagonista acartonado. aunque de buena planta, y Rhonda Fleming parece fuera de lugar en la jungla. Entre los secundarios podemos mencionar a una desaprovechada Rita Moreno, una breve aparición de Lon Chaney Jr. y al mexicano Pascual García Peña. Actores latinos, o directamente americanos, aparecen fuertemente maquillados para interpretar a los escasos nativos, ya que pese al título la presencia de los jíbaros (shuar) apenas es aprovechada, pese a lo que promete el trailer


Se hace alguna referencia (muy de pasada) al comercio, por entonces ya ilegal (pero no limitado durante los años 20 y 30) de cabezas reducidas (tsantsa o tzantza), a menudo a cambio de armas de fuego para servir como curiosidades para coleccionistas y museos. La creencia nativa era que la cabeza así reducida, y cubierta de cenizas, retenía el alma vengativa del fallecido (muisak) y transfería su poder espiritual al dueño de dicha cabeza. La influencia del comercio de cabezas provocó un aumento de la violencia en la región, así como el aumento de falsificaciones utilizando cabezas de monos o perezosos, o directamente cuero (se calcula que hoy el 80% de las cabezas conservadas en museos son falsas en distinto grado).

Una curiosidad de la película es que se rodó como parte de la moda del 3D de principios de los 50, con escenas a lo largo del metraje en que se intenta explotar esta característica, con objetos que caen o son lanzados hacia la cámara y secuencias montadas con personajes en profundidad, pero no se estrenó como tal (la moda fue más breve de lo que sus productores esperaban). El Technicolor, aunque vibrante, acentúa la sensación de irrealidad de la jungla rodada en  estudio (o recreada con retroproyección) y con evidentes limitaciones de espacio y producción, funcionando mejor en las escenas más sombrías, donde el color negro proporciona mayor contraste y la oscuridad limita la profundidad de campo. 

En general una de esas películas que sirve más como ejemplo de los tópicos de un género, y como fuente de ideas puntuales, que como una experiencia cinematográfica en si misma. 



Cindarella Man. El hombre que no se dejó tumbar
(Cindarella Man, 2005, Ron Howard)


Volvemos con el boxeo, volvemos con una historia de la Gran Depresión y las estrecheces de la vida de los desfavorecidos, en manos de Ron Howard se convierte en una, por momentos demasiado sentimental, historia de triunfo individual frente a la adversidad, sin apenas más que algún remoto esbozo de la problemática social (y respuestas colectivas) detrás del asunto: salir de la pobreza es sencillo, solo tienes que convertirte en campeón del mundo de los pesos pesados. 

En un reparto encabezado por un magnífico Russell Crowe, cuenta además con Paul Giamatti, redondo como el manager Joe Gould, y con Rene Zellweger, desaprovechada en el papel de la abnegada esposa, Mae Braddock. Zellweger tiene en su carrera cierta querencia por la era pulp, en la que podemos englobar también sus papeles en el musical Chicago (2002, Rob Marshall), en la película biográfica sobre Robert E. Howard El que caminaba solo (The Whole Wide World, 1993, Dan Ireland) o la comedia romántica-deportiva Ella es el partido (Leatherheads, 2008, George Clooney) además de la que nos ocupa. 

James J. Braddock (Crowe) era un prometedor boxeador en los años 20, cuya carrera se ve lastrada y truncada por las lesiones, la mala suerte y, también, por las consecuencias de la crisis bursátil. Lejos del oropel y del glamour, malviviendo de trabajo eventual en trabajo eventual como estibador, junto con sus tres hijos y su esposa (Zellweger). Sin embargo su antiguo manager (Giamatti) le consigue por sorpresa un nuevo combate, prácticamente una derrota segura sobre el papel, que sin embargo el desesperado boxeador consigue superar. Con una carrera renacida, y apodado por la prensa como Cindarella Man (el "hombre Cenicienta") la sombra del campeón del mundo Max Bauer (Craig Bierko) se perfila en su horizonte.

Cinematográficamente Howard, un director eficiente más que genial, echa el resto en las escenas de los combates, donde combina elementos clásicos del cine de boxeo de los 30-40 con otros levemente experimentales, utilizando la cámara subjetiva, los insertos y el movimiento de la cámara para trasmitir la tensión, esta se ve acentuada por un montaje cinético que alterna entre los que sucede en el ring y fuera de él para marcar un ritmo trepidante. 

Nunca viene mal recordar la importancia social del boxeo en la historia de los Estado Unidos durante la mayor parte del siglo XX, como entretenimiento de las clases populares y también como forma, siempre dura, de alcanzar el sueño americano para las comunidades étnicas marginales (sean en momentos diferentes los irlandeses como Braddock, los italianos, los afromericanos o los latinos). Sus concomitancias con el crimen, y las posibilidades de unir lo deportivo y el género negro ya han sido comentadas sobradamente en otras entradas de esta filmografía (y en general del blog).

El otro deporte de combate (o entretenimiento deportivo para ser más exáctos) de los 30 en EEUU, la lucha libre profesional, no cuenta con una filmografía t an amplia, ni tan destacada en cuanto a calidad. Cabe mencionar, por ejemplo, la peculiar La reina del ring (Queen of the Ring, 2024, Ash Avildsen) en que Emily Bett Rickards (conocida por su papel de Felicity en el arrowverso) interpreta a la luchadora real Mildred Burke en un desangelado biopic que, sin embargo, señala varios temas interesantes sobre la historia de la lucha profesional y, en general, el deporte femenino. O la peculiar (por ser amables) La cocina del infierno (Paradise Alley, 1978, Sylvester Stallone) en que el actor-director-guionista intenta repetir el éxito de Rocky con una historia de época en torno al ring,  aunque esta vez deja el papel de luchador al hercúleo Lee Canalito y se reserva el de manager trafullero. También es tema de pasada, como justificación de argumentos criminales, en la magnífica Noche en la ciudad (Night and the City, 1950, Jules Dassin). 

Y, por supuesto, no podemos dejar de mencionar todo el cine de luchadores mexicanos, encabezados espiritualmente por El Santo y que, de forma totalmente desprejuiciada y tontorrona, mezcla además elementos fantásticos en un tono que, pese a los origines pulp de muchos de estos argumentos, deriva habitualmente hacia lo camp y lo descaradamente ridículo. Quizás una de las más curiosas sea la seminal La maldición de la momia azteca (1957,  Rafael Portillo) segunda parte de la trilogía sobre el no muerto mexica, que decide incluir entre su reparto a un luchador enmascarado y justiciero llamado "el Ángel", interpretado por Crox Alvarado.

Comentarios